El Aroma del Cafe. Cuento de Maria Laura Otero

 El aroma del café

Maria Laura Otero


Un aroma lo azotó de pronto, lo llevó inesperadamente a la sensación de muerte, al castigo, a la esclavitud, al olor del hacinamiento en las barracas.

Esa mañana, se había levantado como siempre. Miró al cielo claro y se alegró de que el sol lo impulsara a entrecerrar los ojos. No desayunó enseguida porque casi nunca tenía hambre al despertar.

Poco después fue a la cocina y trepó al banquito de madera para llegar a la parte alta de la alacena. Buscaba un nuevo paquete de galletitas. Y fue en ese instante en que algo lo sorprendió como un remolino fatal.

-¡Qué olor a muerte-dijo  mientras fruncía el rostro. 

Ella lo miró por un segundo y sonrió.

-Es el paquete nuevo de café en grano. Es riquísimo!!!- afirmó divertida mientras tomaba un mate.

Él no la oía porque la muerte lo había llevado en un viaje vertiginoso e inexorable,  cientos de años atrás , miles de kilómetros al norte. 

Sorprendido se percibió nuevamente en el cafetal y volvió a sentir aquella opresión en el pecho, aquel nudo que le ataba la voz.

Cada grano de café se volvió infierno, abismo y no pudo hablar. Estaba sudado, con los pies en la tierra. Pronto se vio bailando alrededor de los tambores. La noche le daba una pincelada breve de alegría y esperanza y aquella música lo volvía a su esencia, a su tierra añorada. 

Cada célula  gritaba en ese baile, sólo su cuerpo podía hablar porque su voz no le respondía. Quiso escapar de aquella oscuridad.

Las palabras susurrantes de un anciano le llegaron repentinamente, traían  historias  de todos los hermanos que habían logrado huir de la temprana muerte en los cafetales, de todos los que llegaban a la selva y se agrupaban en los quilombos, de aquellos que vivían por fin en un lugar donde el café estaba prohibido porque todo olía a libertad. Era lo anhelado, el fin del infinito camino hecho sobre todos los que no habían llegado.

Un sonido lo volvió en sí, lo hizo regresar al alivio de la mañana.  Empujó con furia la bolsa de granos de café hacia el fondo de la alacena como si enterrara el dolor en un solo gesto. Tomó el paquete de galletitas y  bajó del banco. Lentamente caminó hacia la mesa y se desplomó en una silla. Percibió el peso de cientos de ancestros en su cuerpo de muchacho joven. Y lo supo…ellos estaban ahí, agazapados, tratando de sanar, de huir de tanta muerte escondida en los granos de café.

Maria Laura Otero


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